El ejecutivo que se olvida

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Por Gisela Colombo | N5 Now

Hay una escena que se repite todas las semanas en cualquier banco, aseguradora o fintech de la región: un gerente sale de una reunión de comité, de una revisión de pipeline o de una llamada con un cliente clave, y lleva en la cabeza tres decisiones, dos números y un compromiso con fecha. Nada de eso queda escrito todavía. Existe solo ahí, en su memoria, mientras camina de vuelta a su escritorio y alguien lo intercepta con otra pregunta urgente.

Esa escena no es nueva. Es, en realidad, la misma que enfrentaba cualquier civilización antes de que alguien inventara la escritura.

Hace unos 5.000 años, en Mesopotamia, alguien grabó signos en una tablilla de arcilla para llevar la cuenta de cuántos sacos de grano entraban a un depósito. No fue un gesto poético, fue administrativo. Pero esa tablilla resolvió algo enorme: hasta ese momento, todo lo que una civilización sabía vivía en la memoria de sus miembros. Si nadie lo contaba a tiempo, se perdía. Con la escritura, el conocimiento dejó de depender de que alguien se acordara.

La gestión ejecutiva, sin embargo, nunca terminó de cruzar ese puente. Un director toma media docena de decisiones importantes por semana —a quién priorizar, qué excepción aprobar, qué cliente rescatar, qué cifra escalar a su propio jefe— y la mayoría de esas decisiones se comunican de la misma forma en que se comunicaban antes de la escritura: de viva voz, en una reunión, y después a la memoria de quien estaba en la sala.

El problema no es que los ejecutivos sean desprolijos. Es que la agenda de un directivo hoy es, literalmente, incompatible con recordar todo. Según el reporte State of Meetings de Fellow, los gerentes y directores dedican en promedio 13 horas semanales a reuniones —más de una quinta parte de la semana laboral—, encadenando una decisión atrás de la otra sin pausa para registrar ninguna. Y de acuerdo con una investigación de Atlassian, el 54% de los trabajadores sale de sus reuniones sin tener claro qué sigue o quién es responsable de qué. No es que no se decidió nada: es que lo decidido no sobrevivió a la siguiente reunión.

Y la memoria, como siempre, no ayuda. Según la curva del olvido de Ebbinghaus, una persona olvida cerca del 70% de lo que escuchó apenas 24 horas después, si nadie lo registra. Un director de zona o un gerente de banca empresa no es la excepción. Multiplicado por cinco reuniones diarias, cinco días a la semana, el resultado no es un directivo desorganizado: es un directivo que administra, sin saberlo, un archivo que se borra solo todas las noches.

La consecuencia es conocida por cualquiera que haya gestionado un equipo: la decisión que se tomó en el comité del lunes y que el jueves nadie recuerda exactamente cómo había quedado. El compromiso verbal con un cliente estratégico que se cae porque quedó únicamente en la cabeza de quien lo cerró. El criterio que un gerente explicó una vez, de palabra, y que cada nuevo miembro del equipo tiene que volver a pedirle porque en ningún lugar quedó escrito.

Memo, el nuevo producto standalone de N5, es el punto en el que esa dependencia de la memoria termina. Graba la conversación —una reunión, una llamada, un comité— en cualquier canal, la transcribe, la resume por categoría y dispara automáticamente lo que antes dependía de que un ejecutivo se acordara de escribirlo: una decisión registrada con su responsable y su fecha, un resumen enviado a todo el comité, un criterio que queda documentado la primera vez que se explica y no hay que repetir nunca más.

«Un director no necesita otra reunión para recordar lo que se decidió en la anterior. Necesita que quede escrito la primera vez. Memo no le agrega una tarea más a la agenda de un ejecutivo: le saca de encima la que ya estaba haciendo mal, de memoria, entre reunión y reunión», señala Julián Colombo, CEO de N5.

Lo que cambia no es solo que algo quede guardado. Es que, como toda escritura que se precia, la de Memo permite volver atrás: antes del próximo comité, un director puede revisar exactamente qué se acordó en el anterior, en lugar de reconstruirlo de memoria o, peor, de descubrir en el momento que cada uno de los presentes lo recuerda distinto. Esa es, en el fondo, la diferencia entre una organización que decide y una que decide dos veces lo mismo.

Ninguna herramienta reemplaza el criterio de un buen ejecutivo. La escritura tampoco reemplazó el pensamiento: le dio memoria. Memo no toma las decisiones por un director, pero le da algo que antes no tenía: la certeza de que lo que se decidió en una reunión sigue existiendo después de que la reunión terminó.

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