IA unificadora, sistemas legados y Ray Bradbury

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Por Gisela Colombo

Algunos textos literarios siguen siendo una linterna que nos permite ver los contornos de la verdad. Aun en tiempos en que la velocidad es la mayor oscuridad a la que nos enfrentamos.

“Caleidoscopio”, de Ray Bradbury, vuelve una y otra vez porque condensa una imagen brutal de la fragmentación: una nave estalla, los astronautas quedan lanzados en distintas direcciones y, sin embargo, todavía pueden hablarse por radio. Lo insoportable del cuento no es solamente que no haya rescate. Es que la comunicación sobrevive a la estructura que la hacía significativa. Quedan voces, recuerdos, miedo, conciencia; pero ya no queda misión, ni rumbo, ni “nave” común.

Algo parecido ocurre en Las olas, de Virginia Woolf. Allí también hay voces que se suceden, mundos interiores que se rozan, subjetividades que parecen avanzar cada una según su propio oleaje. Pero Percival, aun casi sin hablar, funciona como una presencia de unidad: no manda, no explica, no organiza desde afuera, pero da centro. En este caso, se trata de una conciencia psíquica fragmentada, cada integrante del grupo representa una tendencia de la psique. Muerto Perceval, no existe más posibilidad de integración y solo queda como destino la esquizofrenia. Por ello, cuando él  ̶ que representa la unidad de sentido ̶  falta, el grupo no encuentra el rumbo, y sobreviene la locura. Algunos críticos han visto en esa muerte de la unidad el presagio que hace la autora de su propio final.

Integración

Ese es el punto que importa: la fragmentación no empieza cuando las partes desaparecen, sino cuando dejan de coordinarse. Los tripulantes expulsados, que caen hacia diversas direcciones después de la explosión de la nave, continúan oyéndose y pudiendo hablar espasmódicamente.

Pero la coordinación, perdida la “nave”, desaparece. Y las partes pierden el rumbo. Lo que antes era complementariedad e integración, se vuelve deriva. Lo que era multiplicidad de voces, se vuelve ruido. Y aunque los vagantes del espacio se “oyen” por un tiempo, esa conexión no solo no durará, tampoco podrá salvarlos.

En tecnología, ese dolor aparece con especial claridad en los sistemas legados. Un referente de la industria del software, lo formula como un problema de mirada: “Los sistemas legados no son desechables, encierran la historia y el saber de toda compañía. Si se integran con inteligencia, se convierten en el mayor activo. La inteligencia no está en la superficie novedosa de una interfaz, sino en la capacidad de decidir, ejecutar y aprender sobre información confiable. Dicho de otro modo: el problema no es que existan muchas capas, muchos sistemas o muchas historias acumuladas. El problema es que ya no logren conversar dentro de una arquitectura común.”

El conflicto viene de la pérdida de unidad también en industrias que rebasan innovación. Sistemas que no dialogan, duplican actividades. Algunas herramientas que son creadas para resolver urgencias, acaban por agrandar la confusión general. Algunas decisiones parten de información parcial. La unidad es la gran ausencia.

Como en Bradbury, las voces siguen ahí. Como en Woolf, las aptitudes siguen ahí. Lo que falta es aquello que permite que todo eso sea algo más que una suma de fragmentos.

La era en que vivimos es un “policeno”, una etapa en que lo característico es la convivencia de muchas cosas al mismo tiempo. Ese es, finalmente, el problema entrópico por excelencia.

El desafío es la coordinación.

Cuando se rompe, cada parte puede conservar vida, memoria, lenguaje o función, pero solo por un tiempo, porque no vive un pie si el corazón no hace llegar su sangre; si el conjunto empieza a perder destino.

En la biología, en una empresa, en una comunidad o en cualquier sistema vivo, la amenaza no es la existencia de muchas partes, sino la pérdida de una forma que las mantenga relacionadas. Cuando esa forma existe, la multiplicidad se vuelve potencia.

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