La imaginación al poder
Que el pez grande se come al chico es una evidencia pocas veces revertida en la naturaleza. Sin embargo, su excepcionalidad ha convertido esa lucha desigual en la que vence el más pequeño, en un tópico de la literatura y de la historia.
David ha vencido, en las páginas del Antiguo Testamento y la Torah, al gigante Goliat. A pesar de la ley natural que dictaba lo contrario.
Pero si hay una emblemática superioridad del más débil en la historia occidental es la que logró Isabel I de Inglaterra contra el poderío naval de la España del siglo XVII. Lo que se había instalado en el imaginario como “Armada invencible”, como Goliat, estaba destinado a ser vencido. No gracias a galeones más amenazantes y monumentales, no en una batalla tradicional, sino gracias a lo que era considerado mucho más endeble e insignificante por los europeos de su tiempo.

La inferioridad de la Inglaterra de Isabel respecto a la Corona española habría dictado —con un Darwin de por medio—que el Reino de España la pulverizara sin ningún esfuerzo. Pero Isabel I, que ya se las había arreglado con astucia para hacerse de una Corona que no le correspondía del todo, supo hacer, de su debilidad, una fortaleza.
El método parece hasta aquí objetable. Pero la historia decidió no discutirlo.
Sir Francis Drake y John Hawkins son los dos de los nombres que trascendieron como los ejecutores de la política de tretas que hizo grande a la Inglaterra Tudor. Con ellos, montados en unos barcos más pequeños, pero mucho más ágiles, estos piratas acicateados por Isabel arrebataron en pocas décadas la riqueza que los españoles robaban en América. Apostados en alta mar, los aventureros ingleses —que por esto mismo luego serían promovidos a nobles— esperaban pacientes que aparecieran galeras tremebundas en el horizonte y, bendecidos en su pequeñez, las atacaban y partían raudos con lo más valioso de su carga e intrépidamente.

Quizá hoy estemos asistiendo a una nueva batalla semejante, si observamos el mundo empresarial. Mientras las mayores multinacionales de los años ochenta solventaban su poderío en enormes estructuras; en tierras, lujo, acumulación de objetos tangibles y personal en relación de dependencia, otros vientos soplan hoy. Desde ese poder mensurable en metros cuadrados y fuerza laboral, como los galeones hispanos, vemos ahora poblados nuestros mares de pequeños barquitos ágiles e intrépidos se han convertido en estas últimas décadas en los vencedores de la nueva edición de David y Goliat.
Algo que ya se había manifestado ya, multiplicó considerablemente su presencia y se popularizó exponencialmente en tiempos de la pandemia.
Tal fue el caso de las llamadas “startups”, firmas pioneras en cuestiones tecnológicas que alivianaron el peso de una estructura inmensa y hallaron la oportunidad ideal para lanzarse a la conquista.
Así, una vez más, la fuerza fue superada por la capacidad de adaptación.
Imaginación y poder
Las startups, por dar un ejemplo, son empresas nuevas montadas principalmente en la tecnología por medio de la cual desarrollan sus productos, generan sus servicios y los comercializan.
Sus creadores no son parte de una élite nobiliaria (como en la Edad Media), ni de la crema de la burguesía enriquecida (Edad moderna). La novedad es precisamente ésta.
“La imaginación al poder” decían con un sentido apenas cercano los revolucionarios del mayo francés. Hoy, en una versión libre, el poder lo detentan los emprendedores, los “imaginadores”. Los creativos, los dueños del conocimiento tecnológico que han podido servirse de las normas —nunca ignorarlas— y por ello mismo, son pioneros. Su saber se asemeja al de los artistas de todas las épocas: han creado. Han tomado el sistema y han sabido vulnerar el mundo establecido a su favor mediante la creatividad.
Recursos
Muchos de ellos siquiera disponían de recursos propios para el emprendimiento que acabó siendo exitoso a escalas inimaginables. En ello también residen sus virtudes. Han sabido seducir a quienes sí tenían los recursos. Inversores que creerían también en el poder de la imaginación.
No extraña que recursos intangibles e incontables, tiendan a un potencial crecimiento igualmente inconmensurable. Las tabillas que a una inversión derivaban un porcentaje de ganancia han explotado por el aire. Ya no pueden medir los alcances de una buena idea.
Por eso, la única característica común que tienen todos los emprendimientos de este tipo y los nuevos modelos empresariales es la disrupción.
Y la “disrupción” es el nombre “de guerra”, nada menos que de la innovación: de la imaginación hecha materia.
