
La ciencia fue encontrando, a cada minuto, herramientas para resolver muchos de los males físicos de la humanidad. No obstante, la pregunta que se impone es si todo ello no nos va limando desde el punto de vista humano.
Gisela Colombo *
Cuando vimos en los ochenta a Michael Fox hablando cara a cara con la pantalla de un reloj de pulsera que le permitía interactuar con un amigo, estuvimos convencidos de que eso era ciencia ficción. Y punto.
Dos décadas después ese objeto y esa charla eran una realidad innegable; tan tangible como las campanas de una catedral o el cucú de los abuelos. Pero el tiempo siguió corriendo en su innovación.
¡Benditos avances tecnológicos! Esta revolución ha mejorado la vida del hombre en su carrera desaforada. Los procesos han sido optimizados, en todos los casos.
La ciencia fue encontrando, a cada minuto, herramientas para resolver muchos de los males físicos de la humanidad. A tal punto que ya se palpita una expectativa de vida mayor a cien años para las siguientes generaciones.
Y, sobre todo, algunas actividades se han convertido en algo mucho más simple.
No obstante, la pregunta que se impone es si todo ello no nos va limando desde el punto de vista humano. A mediano plazo tal vez comencemos a ver los efectos que la omnipresencia tecnológica produce en términos de empatía. El tratar con máquinas permanentemente podría atentar paulatinamente contra las herramientas del lenguaje corporal que fue esencial en otros tiempos, por solo enumerar una de las posibles pérdidas.
Los nativos digitales, que practican sin fastidio este modo de interactuar, consideran la preocupación como una resistencia al cambio propia de generaciones vetustas. Pero, en simultáneo, estamos educando a una generación que ya muchos sociólogos han identificado como “la generación de cristal”. Es decir, una camada de jóvenes menores a 30 años que detenta una sensibilidad emocional tan acentuada como inédita.
En las antípodas de los efectos de la tecnología, los aspectos emocionales se tornan, como nunca, el factor esencial para la sanidad, la productividad y el desarrollo profesional.
La valoración de las diferentes inteligencias -entre ellas, la emocional- goza del crédito social desde hace décadas. En este estado de la cuestión, entonces, el afán positivista, según el cual lo más avanzado es lo más perfecto, no parece cumplirse. Más bien huele a retroceso.
En el ámbito de la medicina, el factor humano arroja números llamativos. Stewart observa el impacto que tiene la relación médico-enfermo para la curación de un paciente. Por lo mismo, y por más rigor que hallemos en las respuestas tecnológico-científicas, nadie desea que quien le comunique un diagnóstico sea una máquina. Por precisa que resulte.
Esta necesidad emocional es lo que obra como punto de partida para equilibrar la tendencia cientificista que amenaza con fagocitarlo todo.
Recientemente, en un Congreso celebrado en Chile (Séptimo Congreso Latinoamericano América digital. Tecnología y Negocios), que reunía a las mejores empresas dedicadas a la innovación digital, el CEO de una de las líderes aborda este mismo tema definiéndolo con la fórmula de “confort emocional”. Julián Colombo, CEO y fundador de N5, la empresa que fue elegida recientemente por Microsoft como la mejor plataforma, refiere semejantes efectos de cierta tecnología sobre los usuarios. Colombo postula, esta vez desde la industria financiera, que las necesidades emocionales no pueden ser saciadas donde no hay contacto personal. Y revela un dato llamativo: incluso en ese ámbito y en un muestreo entre usuarios de mayor acceso a la información y con estándares altos de cultura, formación y recursos, más del 70% desea, antes de hacer una inversión a mediano o largo plazo, el asesoramiento humano, la charla irremplazable que permite el contacto cara a cara, la lectura del lenguaje corporal, la expresión más característica de la condición humana. Incluso, aunque reconoce que la compañía tiene clientes que no brindan atención de agentes humanos, sentencia: “Tenemos una tesis. La tesis es que los humanos van a seguir teniendo un papel preponderante en la tecnología si logran establecer las relaciones de confianza adecuadas”. Y que, del equilibrio entre un modelo y otro, surgirán las fórmulas más prósperas.
Quizá esta reflexión que es, al menos en esta compañía, una política probada, pueda aliviar las inquietudes que generan los cambios tecnológicos y prometa una convivencia saludable y humanística a los desafíos del futuro.